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Graffiti y arte (clasismo) público

Extraída de Joiamagazine.com

Revuelo ha causado la exposición de Catalina Rojas, la cual para proyectar imágenes sobre el cauce del río Mapocho provocó que fuesen borrados los graffitis de los artistas Grin, Saile, Piguan y Aislap. Muy recomendable es la excelente carta abierta escrita por Gabriela Pérez y Pablo Sandoval (la puede leer acá), en donde se contextualiza el valor urbano de las obras eliminadas, y se critica la nula capacidad de análisis de aquello por parte de los responsables. Sin embargo, veo con preocupación el espectro de opiniones suscitadas, pues a diferencia de la carta que recomiendo, se omite todo contexto social, y se replica la lógica excluyente y mercantil que terminó precisamente por dejar las pinturas de la ribera olvidadas para siempre.

Otro comunicado ampliamente difundido fue el escrito por Sebastián Cuevas y Pablo Aravena (aquí), en donde la defensa de las obras borradas recae en la comparación potencial con los nombres canónicos del arte chileno: Matta, Dittborn y Jaar. Si bien es cierto puede entenderse como estrategia retórica en favor de resaltar la trascendencia de los artistas afectados, no deja de llamar la atención que el descargo contra una medida elitista, guiada por intereses de mercado y posicionamiento mediático, se ataque aduciendo a la circulación internacional, a la semejanza (?) con artistas icónicos, y en definitiva, a una valoración del arte callejero en la medida que sea capaz de entrar igualmente a un mercado. No me extraña entonces que se acuda a firmas de chilenos residentes en el extranjero, cuyo hilo común parece ser la altisonancia genealógica y laboral. Esta defensa termina así por sumarse inconscientemente al ataque; se exije el reconocimiento por pertenecer a una elite, alterna, contraria, pero elite al fin, con todos los elementos que la configuran.

Sumando otra arista, me encuentro el día de hoy con una columna del leguleyo Leonel Bustos en Fundación Progresa (dependiente del partido político de Marco Enríquez-Ominami). Debo reconocer mi errada ingenuidad al esperar que se cumpliesen las premisas esbozadas por el propio autor en su presentación, como el rechazo (a) todo fanatismo religioso e ideología que obstruya y rigidize el pensamiento progresista; sin embargo, una vez más la realidad aparece más burda de lo que uno esperaría. No entraré a discutir los absurdos lugares comunes comprensibles en un neófito, tales como “el arte producto del talento” o en complemento a “la belleza de la ciudad”, pues no es mi misión resolver los vacíos culturales de quienes sí tuvieron de verdad esa cosa llamada educación. Bustos arremete en contra del graffiti en todas sus posibilidades, tan solo por  instalarse en el espacio público sin la validación previa del beneplácito institucional, ya sea este dependiente del mercado o del gobierno y su política de turno, al parecer da igual. Un análisis más fino, habría detectado la influencia del mercado en la aceptación del arte como elemento transable dentro de la industria cultural, o la obvia estrategia política de invisibilización de la expresión marginal, fenómenos perceptibles con el mínimo ejercicio del pensamiento que aquel naciente partido político dice profesar.

Tristemente, observamos cómo el análisis autoproclamado como contestatario y alterno al orden imperante, no hace más que replicar a escala menor la lógica de dominio sobre el excluido: la aceptación del valor como legitimación que se transa, que da el estatus de los apellidos firmantes de la carta de Cuevas y Aravena, y que finalmente mantiene viva y vigente la maquinaria clasista que impulsa la sociedad chilena. El graffiti como arte público, reconfigura la división sensible establecida por la institucionalidad y los poderes que la determinan, ampliando el acceso a la obra no sólo por su visibilización, sino que también por su construcción y su materialidad: el arte público es público no únicamente por estar en la calle, lo es también por usarla como soporte, por hacerla parte de su estructura y de su interacción social.

El espanto provocado en el abogado Bustos por el uso de un espacio público por sola voluntad de un creador, me parece el espanto de la constatación de posibilidades de cohesión social al margen del mercado y de la estrecha cúpula política. Resulta sorprendente que estando a casi a un siglo de la irrupción dadá de Marcel Duchamp, en Chile siga siendo criterio de aceptación del arte el formulario municipal, el currículum vitae, el domicilio del papá o el “qué dijeron en el extranjero” de él. Quizá el borrado prepotente de los graffitis al lado del río (alegorizado brillantemente por Gabriela Pérez como el trayecto de la mierda desde el barrio alto hacia el vilipendiado poniente) sea la mejor acción (inconsciente) de arte realizada en Santiago en décadas: la ejemplificación del desprecio al otro y/o autosatisfacción del compatriota contemporáneo al saberse a bordo de la micro mercantil, sin importarle si va de chofer, apretado y asfixiado, o colgando de la pisadera.

Christian Álvarez Rojas

6 Responses to “Graffiti y arte (clasismo) público”

  1. pilar quinteros says:

    Excelente Christian.
    Bueno, también está detrás de todo esto la brillante decisión de destruir lo que se podía ver de día, mientras uno iba en la micro, en bici o caminando, no sé, para reemplazarlo por algo que sólo se puede ver de noche.

    Pero los responsables del proyecto quizás qué pensaron, que acaso el borde del río es seguro a esas horas…

  2. y. fogelman says:

    si yo fuera la tal catalina rojas estaría muerta de verguenza de que para poder presentar mi exposicion hayan tenido que destruir el arte de otra gente.

  3. que brutos que son éstos responsables y ojo
    que no sólo corre caca por el río,
    también corre pipí

  4. JUAN GUILLERMO TEJEDA says:

    en fin, mi sentimiento es: ok pintar graffitis o murales en el mapocho, tb está ok borrarlos para hacer otros o para proyectar, etc. El graffiti es efímero por naturaleza, pintar en un muro es una aventura, no hay necesidad de privatizarlo…. que cada cual pinte y borre lo que le parezca en las áreas públicas, el aire es de todos

  5. El nako says:

    ¡el problema aparece cuando se ocupan platas públicas!

  6. Juan Guilleromo.

    Ok, una de las reglas del juego del graffiti es pintar para ser borrado, pero cuando se borra con poder, platas públicas, ignorancia y superioridad, esas personas no saben respirar el aire limpio de todos.

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Citas & Frases
  • LUIS CAMNITZER
    El pintor Frank Stella decía: “si somos los mejores está bien que nos imiten” una frase con tono de presidente norteamericano.

  • THEODOR ADORNO

    “La expresión museal tiene en alemán un aura hostil. Designa objetos respecto de los cuales el espectador no se comporta vitalmente y que están ellos mismos condenados a muerte. Se conservan más por consideración histórica que por necesidad actual. Museo y mausoleo no están sólo unidos por la asociación fonética. Museos son como tradicionales sepulturas de obras de arte, y dan testimonio de la neutralización de la cultura.”

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